Bergen-Belsen

Bergen Besel Nazi CampEl camino que lleva a Bergen-Besel es oscuro, transcurre entre bosques que se cierran sobre la carretera como si se tratara de los labios de una herida que desea cerrarse. Y cuando se llega al campo de concentración, al museo y memorial, se comprende que eso es algo que nunca debe permitirse.

Bergen-Belsen es mucho más que la tumba de Ana Frank, es el testimonio de la barbarie. Cada montículo de tierra representa miles de muertos. Es mucho más que un terreno baldío, mucho más que una lápida o unos números: 50.000 civiles y 20.000 prisioneros de guerra perdieron allí su vida. Masificados, mortificados y maltratados, contraían enfermedades que se convertían en epidemias, morían de hambre y de frío por hacinamiento.

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Como todos los campos-memoriales, Bergen-Belsen da escalofríos. No sólo por las imágenes del museo en las que se muestran las condiciones terribles en las que apenas podían sobrevivir los prisioneros, sino también porque la cercanía de una base militar alemana permite contemplar periódicamente los paseos que entre silencios y apuntes de los superiores, hacen los soldados alemanes por sus instalaciones. Y les he visto llorar frente a un muro repleto de fotografías de cadáveres amontonados que los nazis pretendían enterrar cuando los británicos liberaron el campo.

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El memorial dispone de una exhibición permanente de diversos objetos, fotografías y otros elementos correspondientes a las distintas épocas por las que pasó el campo de concentración. También dispone de una sala de videos donde se muestran entrevistas a supervivientes -lamentablemente no disponibles en español, tan sólo en inglés, francés y alemán- que muestran la verdad descarnada y toda la crudeza de la realidad que les tocó vivir.

Y mientras el video acaba y la saliva apenas logra bajar por la garganta, uno no deja de desear que hechos como los narrados y mostrados no vuelvan a darse nunca más en la historia.

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