Big Fish, el alma rendida.

Cuando entré en el cine no sabía qué iba a ver. No sabía si me iba aencontrar al Tim Burton infame de El Planeta de los Simios y Sleepy Hollow, o al sublime de Eduardo Manostijeras.

Y la verdad es que enseguida me olvidé de Burton, hechizado, atrapado y enganchado a una película que me encantó pero que soy incapaz de volver a ver. De hecho, me compré el DVD en cuanto salió. Y sin embargo, la película me afecta tanto que soy incapaz de sentarme a verla. No recuerdo haber llorado jamás en el cine, y en casa con contadas películas. Soy incapaz de contar la historia de Big Fish sin que se me salten las lágrimas y tener que parar, incluso escribiendo sobre ella necesito detenerme a respirar hondo. Recuerdo haber sido el último en salir de la sala porque no podía respirar.
Quizá es porque me reconozco tanto a mí como a mi padre en la película, o porque los actores bordan los papeles, o por la fotografía, o por las pausas dramáticas, o por el guión tan magnífico.

No sé exactamente porqué, pero sé que el plástico del DVD se quedará durante un buen tiempo donde está.

Originalmente publicado en Dejaboo

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